
La palabra intervención refiere a ubicarse en medio de algo. Es de origen latino, donde el prefijo inter es igual a entre, la sílaba ven procede del verbo venire, igual a nuestro venir, y el sufijo –ción remite a acción y efecto. O sea, intervenir es tanto la acción como el resultado de venir entre, de ubicarse o meterse en medio de algo.
Efectivamente, en la promoción del desarrollo solemos meternos en medio de una determinada realidad social, de una dinámica social u organizacional, para cambiarla, para provocar en ella una transformación valiosa. Una que redunde en mejoras en la calidad de vida de las personas que animan esa realidad social, o que son afectadas por ella.
Pero entonces, atendiendo a lo delicado que resulta “meterse en medio”, nuestra intervención solo será responsable y legítima si contamos con una sólida teoría o hipótesis de cambio: un enunciado causal que describa en forma prospectiva cómo se producirá el cambio deseado. Algo más o menos así: “La experiencia acumulada en el tema señala que si interactuamos con la población-meta a través de XXX bienes y servicios generados por nosotros, entonces desencadenaremos YYY cambios en sus conductas, valores, prácticas, conocimientos, etc, cambios que a su vez redundarán en ZZZ cambios valiosos en el funcionamiento social u organizacional de que se trate”.
¿Contamos efectivamente con esas hipótesis? ¿Se encuentran explicitadas, de manera que todo el mundo sepa por qué hacemos lo que hacemos?
Si desean leer o releer sobre las hipótesis de cambio que animan a las intervenciones para el desarrollo, en la página de Recursos de este sitio podrán acceder al material de mi autoría utilizado en el curso de “Marco de Resultados” del BID.
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