
Quien se aboca profesionalmente a alguna disciplina adquiere en ese campo, y con el tiempo, una forma de ver las cosas más atenta a los matices y las complejidades del asunto. Una perspectiva más sofisticada, que suele diferir significativamente de la que posee el resto de las personas, al menos de aquellas ajenas a esa experiencia profesional.
De la misma manera, cuando en el amplio campo de la promoción del desarrollo nos dedicamos por años a una problemática social determinada, a veces incluso sin quererlo, nos vamos convirtiendo en “especialistas”. En personas que llegamos a poseer un conocimiento y un dominio considerable de las dinámicas y los factores que constituyen el problema público al cual nos hemos dedicado. Un conocimiento experto que la mayoría de las veces nos lleva a ver que la solución a un determinado problema está muy lejos de ser aquella por la que claman las personas que se ven afectadas por el problema. Incluso nuestra visión puede diferir considerablemente de la que posee el conjunto de la ciudadanía y hasta de las ideas que sostienen los decisores públicos.
Esa diferente perspectiva responde simplemente al hecho de que tenemos noticias de ciertas cuestiones desconocidas para el resto, a que identificamos una relación causal entre ciertos fenómenos que están generando el problema público y a que podemos explicarlo recurriendo a relaciones que también la mayoría de las veces permanecen veladas a quienes son ajenos a la disciplina. Así, alguien familiarizado con los ecosistemas verá la relación causa-efecto entre extensas tierras dedicadas a monocultivos, pérdida de biodiversidad, degradación de los suelos, procesos de desertificación que llevan a la pobreza de quienes habitan en esos hábitats y masivas migraciones humanas. Hechos −y relaciones entre los hechos− que recién ahora están siendo compartidos por un público más amplio.
En otras ocasiones, esas diferentes apreciaciones de la realidad dan lugar a distintos valores. Podría darse el caso de que el grupo de la población afectada por un problema público fuera depositario de valores quizá meritorios en el pasado, pero que en la actualidad dificultan el necesario ajuste en las formas de pensar y de vivir que es necesario hacer para sortear los desafíos de nuestra época y así mejorar la calidad de vida. Por ejemplo, en muchas sociedades ha constituido desde siempre una aspiración profunda y extendida el logro de la propiedad del inmueble donde se habita. En las grandes urbes de hoy en día, en todo el mundo, los precios de las propiedades no solo son altos, sino que se encuentran en constante ascenso. Más aún, la posibilidad de revertir el influjo de las fuerzas económicas y sociales que determinan ese aumento del precio de la tierra en las grandes urbes está bastante fuera de las posibilidades de los gobiernos locales y hasta nacionales. Así, a nivel individual, nos vemos enfrentados a sopesar detenidamente qué será mejor, si nos conviene rentar una vivienda reducida pero bien ubicada, con acceso amplio a las oportunidades laborales, educativas y culturales que ofrecen las zonas mejor equipadas de una ciudad, u optar por adquirir una más amplia pero muy probablemente alejada de las zonas urbanas con mejores servicios y amenidades. Por supuesto, si en nosotros aún predominaran los valores de nuestros padres y abuelos, seguramente optaremos por la segunda opción, resignando calidad de vida.
Entonces, aquellos que conocemos más profundamente una problemática contamos con hipótesis sobre cuáles son los factores que generan el problema, sea éste la desertificación o los altos costos de la vivienda urbana. Y también solemos contar con una hipótesis sobre cómo enfrentarlos, sobre qué se debería hacer al respecto: concebimos una teoría de cambio, de cómo sucederá la transformación social deseada, imaginamos una cadena causal que desencadenará las transformaciones ambicionadas en la situación. Esa experiencia en el tema nos lleva casi naturalmente a concebir y proponer cuál sería la intervención pública adecuada para resolver o mitigar el problema público en cuestión.
Sin embargo, ni bien esbocemos abiertamente nuestra propuesta “experta”, muy probablemente su pertinencia será refutada o ignorada por la amplia mayoría de todos aquellos que no comprendan o compartan nuestra perspectiva. Una respuesta que a otros podría desanimar pero que todos aquellos que nos dedicamos al oficio de promover el desarrollo sabemos que es la señal de largada de una de las fases cruciales del trabajo: es el momento de comunicar. De informar, de sensibilizar, de explicar y de convencer. De ofrecer razones, de argumentar, de explicitar cómo entendemos el problema, de cuáles son los factores que contribuyen a su existencia y de describir cómo entendemos que se debería actuar.
Es el momento de dialogar, de deliberar con quienes no piensan como nosotros, para ofrecer nuestras visiones y escuchar atentamente las de ellos. De persuadir. Pero también de abrirse a nuevas perspectivas, de incluirlas para mejorar el proyecto. De eso se trata la democracia: de impulsar procesos de deliberación pública que le permitan tanto al hombre común convertirse en un ciudadano informado como al especialista en alguien capaz de hacerse entender por él. Todo ello con la misión de crear las condiciones para que la intervención que promoverá el desarrollo cuente con el apoyo y los consensos necesarios, esos que la dotarán de la imprescindible viabilidad política.
Un ex presidente de nuestra región, inteligente, culto y con una formación técnica muy sólida, gustaba recordar que “gobernar es explicar”. Quizá sea válido parafrasearlo: “promover el desarrollo es explicar”.
Sugerencias:
Quienes deseen explorar una opción de formación corta y de orientación práctica sobre cómo elaborar teorías de cambio o cadenas causales convincentes para proyectos de promoción del desarrollo, aquí encontrarán una opción ↗.
Si desearan una lectura de tipo académico sobre la importancia de la deliberación y la argumentación pública en el diseño y elección de una política, seguramente les será de utilidad la obra de Giandomenico Majone: Evidencia, Argumentación y Persuasión en la Formulación de Políticas: https://www.fcede.es/site/es/libros/detalles.aspx?id_libro=277
Sobre la imagen: Musa Calíope, en griego antiguo Καλλιόπη Kalliópê, ‘la de la bella voz’, es la musa de la poesía épica y la elocuencia. Mosaico del Siglo II antes de Cristo, encontrado en la antigua ciudad griega de Zeugma, en el sur de Turquía. Fuente: Greekreporter.com (https://greekreporter.com/2014/11/11/mosaics-revealed-at-ancient-greek-city-of-zeugma-in-turkey/)
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