La casa que estaba lista para mejorar

Un programa puede entregar materiales, desarrollar capacidades y cumplir con todas sus actividades, y aun así no lograr que las personas cambien sus prácticas. Una historia de mejoramiento habitacional para entender por qué una Teoría del Cambio debe hacer visible ese paso.

Cuando los técnicos llegaron al barrio, encontraron lo que esperaban: casas pequeñas, construidas de manera progresiva, con paredes de ladrillo sin revocar, techos de chapa, instalaciones eléctricas improvisadas y habitaciones donde convivían varias generaciones. En los días de lluvia, algunas familias colocaban baldes debajo de las filtraciones. En invierno, el frío entraba por puertas y ventanas que nunca habían sido terminadas. El barrio, ubicado en la periferia de una gran ciudad latinoamericana, había crecido durante décadas mediante la autoconstrucción.

El programa Casa a Casa partía de una idea sencilla: muchas familias en situación de pobreza no necesitaban necesariamente una vivienda nueva. Necesitaban apoyo para mejorar, de manera progresiva, la vivienda que ya tenían.

El programa ofrecía materiales básicos —aislantes, revestimientos, puertas, ventanas, elementos para mejorar instalaciones— y asistencia técnica. Las familias recibirían los materiales y aprenderían a utilizarlos para realizar mejoras por sí mismas.

La expectativa parecía razonable. Si las familias disponían de materiales adecuados y adquirían los conocimientos necesarios, podrían mejorar sus viviendas. Y si las viviendas mejoraban, deberían hacerlo también las condiciones de habitabilidad de los hogares.

Pero había una dificultad que el equipo no había previsto.

El proyecto entregaba materiales. Las familias necesitaban algo más.

Durante el primer año, los informes fueron alentadores.

Se habían entregado kits de mejoramiento a 800 familias. Se realizaron talleres sobre reparación de techos, aislamiento térmico y mantenimiento de instalaciones. Las evaluaciones posteriores mostraron, además, que la mayoría de los participantes había aprendido correctamente las técnicas enseñadas.

Desde el punto de vista de la gestión, el programa avanzaba según lo previsto.

Pero cuando el equipo visitó nuevamente las viviendas algunos meses después, encontró algo desconcertante: en muchas casas, los materiales estaban guardados. Algunas familias habían utilizado parte de ellos, pero no habían completado las mejoras. Otras habían comenzado una reparación y la habían dejado inconclusa. En varios casos, los materiales habían sido utilizados para resolver una urgencia diferente: reparar una filtración, cerrar una habitación o reemplazar una puerta que se había roto.

El equipo comenzó a preguntarse qué había ocurrido. Habían entregado los materiales, capacitado a las familias y, sin embargo, las viviendas no estaban mejorando en la magnitud esperada.

La cadena de resultados siempre esconde supuestos

Al revisar la teoría del cambio del programa, apareció una secuencia que parecía lógica:

materiales y asistencia técnica → familias capacitadas → viviendas mejoradas → mejores condiciones de habitabilidad.

Pero la experiencia estaba mostrando que entre “familias capacitadas” y “viviendas mejoradas” había una distancia que el proyecto había tratado como si no existiera. Saber cómo reparar un techo no significa necesariamente tener tiempo para hacerlo. Conocer una técnica de aislamiento no garantiza poder completar una obra.

Y haber recibido materiales no significa que esos materiales terminen incorporados a la vivienda para la que fueron entregados. El equipo había confundido un cambio en las capacidades de las personas con un cambio en sus prácticas, un error muy frecuente.

En la cadena de resultados que expresa la Teoría del Cambio de una intervención, la entrega de un bien o servicio pertenece al nivel de los Productos. Que las personas adquieran conocimientos, capacidades o motivación es un cambio posterior, un Efecto Inmediato. Pero la utilización efectiva de aquello aprendido, por ejemplo, la adopción de una nueva práctica, requiere otro proceso de maduración y corresponde a un nivel posterior de la cadena.

En Casa a Casa, el taller podía estar perfectamente realizado y las familias podían haber aprendido la técnica. El problema era que eso todavía no significaba que las viviendas estuvieran mejoradas.

Entonces apareció otra pregunta

Los técnicos volvieron a las casas y comenzaron a preguntar algo diferente. Querían saber tanto si las familias habían comprendido las técnicas como qué les había impedido utilizarlas. Las respuestas cambiaron la interpretación del programa.

Una mujer explicó que sabía perfectamente cómo colocar el aislante, pero que trabajaba todo el día y solo podía dedicar unas horas durante el fin de semana. Un padre contó que había comenzado a reparar el techo, pero tuvo que detenerse cuando uno de sus hijos enfermó. Otra familia había recibido materiales para mejorar las ventanas, pero necesitaba primero terminar una habitación que todavía estaba sin piso.

No se trataba, entonces, simplemente de falta de conocimiento. El programa había supuesto que, una vez adquirida la capacidad, la práctica aparecería casi automáticamente. La realidad era más compleja y esa diferencia tenía consecuencias para la cadena causal.

¿Qué es exactamente un resultado?

La revisión del programa también llevó al equipo a revisar cómo había formulado sus propios resultados. En algunos documentos aparecían expresiones como “mejorar las viviendas”, “capacitar a las familias” o “incrementar la capacidad de autoconstrucción”.

Pero esos enunciados mezclaban niveles diferentes. 

  • “Capacitar a las familias” describe una acción de la intervención. 
  • “Familias capacitadas” representa un cambio producido por esa intervención.
  • “Familias que realizan mejoras en sus viviendas utilizando las técnicas aprendidas” representa un cambio posterior en la práctica.
  • Y “viviendas con mejores condiciones de habitabilidad” describe una situación más distante todavía.

La diferencia no es simplemente terminológica. Cada uno de esos resultados necesita un tiempo diferente para ocurrir y plantea preguntas diferentes sobre la causalidad.

Por eso, formular los resultados como situaciones alcanzadas —como una “fotografía del éxito”— ayuda a evitar que las actividades, las intenciones y los resultados terminen mezclados en una misma frase.

La mejora no estaba en el kit

Después de revisar el caso, el equipo llegó a una conclusión incómoda. El programa había producido aquello que efectivamente había puesto bajo su control. El problema estaba en haber supuesto que esos productos y esos primeros cambios conducirían por sí solos al siguiente nivel.

Había una diferencia entre estar en condiciones de mejorar una vivienda y efectivamente mejorarla. Y esa diferencia era justamente el espacio que la cadena de resultados debía hacer visible. A partir de entonces, el equipo comenzó a formular las preguntas de otra manera.

Ya no preguntaba solamente cuántos kits había entregado o cuántas familias habían participado de los talleres. También preguntaba qué había cambiado en las familias, qué prácticas habían comenzado a adoptar y qué condiciones necesitaban para sostenerlas.

Además, empezó a formular los resultados de otra manera: como situaciones concretas y observables, en lugar de describir actividades o intenciones.

La experiencia de Casa a Casa dejó una enseñanza sencilla, pero incómoda para cualquier intervención para la promoción del Desarrollo: se puede hacer correctamente todo aquello que se propuso hacer y, aun así, no producir el cambio que se esperaba.

Por eso, la Teoría del Cambio debe permitirnos ver dónde termina lo que la intervención entrega y dónde comienza el cambio que depende de que las personas hagan algo diferente.

Porque entre entregar materiales, aprender una técnica, cambiar una práctica y mejorar una condición de vida no hay simplemente una sucesión de casilleros. Hay una historia. Y esa es la historia que una buena Teoría del Cambio debería ayudarnos a comprender.


Una historia ficticia, un problema real
El programa Casa a Casa es un caso construido para este artículo, pero la situación que plantea no es ficticia. En América Latina, organizaciones como Hábitat para la Humanidad y Swisscontact trabajan con familias de bajos ingresos en procesos de mejoramiento y vivienda progresiva. Estas experiencias muestran por qué mejorar una vivienda existente supone mucho más que entregar materiales: requiere comprender cómo las familias toman decisiones, construyen y transforman progresivamente sus hogares.


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