Notas sobre la teoría del cambio detrás de una iniciativa para quienes llegan.

La primera vez que Andrés pensó de verdad en Domitila no fue el día que la conoció, sino varios meses antes, cuando ella todavía era una fila de casilleros vacíos en una planilla. Su equipo diseñaba la iniciativa Echar Raíces para acompañar a las familias que llegan a Ciudad Aurora —esa capital enorme, hambrienta de brazos y a la vez esquiva con los recién llegados— y Andrés insistía, como solía, en empezar por lo que iban a hacer. Talleres. Una oficina de orientación. Ayuda con los papeles. Un folleto con teléfonos útiles. Le llevó tiempo entender que esa lista tan tranquilizadora no era todavía una teoría del cambio; era apenas un inventario de buenas intenciones.
Así fue aprendiendo que la teoría del cambio que se encuentra detrás de todo proyecto no es el listado de lo que uno va a hacer, sino la conjetura de por qué eso que se hace debería, con algo de suerte y mucha pericia, cambiarle la vida a alguien. Es una hipótesis, no un plano cerrado. Y como toda hipótesis, puede estar equivocada. Con los años Andrés le tomó cariño a esa incomodidad: obliga a una cierta humildad, a mirar los proyectos no como certezas, sino como apuestas razonadas.
También con el tiempo aprendió que esa hipótesis se apoya en dos pilares. El primero es la cadena causal de resultados: la secuencia de cambios, cada vez más profundos, que se espera ir provocando en la vida de las personas. El segundo, más callado, casi siempre olvidado, es el de los supuestos críticos: aquello que debe ocurrir en el mundo de afuera —y que no depende de nadie del proyecto— para que esa secuencia tenga alguna posibilidad de cumplirse. Con Domitila, sin saberlo todavía, Andrés terminaría por entender los dos.
El equipo empezó, casi a contramano de la intuición, por el final. En vez de preguntarse qué iban a hacer, se preguntaron qué querrían poder ver en la vida de Domitila dentro de unos años. No la respuesta grandilocuente, sino una imagen concreta: una familia que ya no vive con la valija a medio abrir, que tiene un ingreso más o menos estable, hijos en la escuela del barrio, una red de vecinos a quienes pedir un favor. A eso, en la jerga, lo llaman impacto. Y Andrés aprendió a decirlo con cautela: es un futuro al que la iniciativa apenas contribuye, nunca del que es dueña. Ciudad Aurora es demasiado grande, y la vida de Domitila demasiado suya, como para atribuírselo.
Desde esa imagen fueron caminando hacia atrás. Antes de esa vida arraigada, ¿qué tendría que estar pasando? Domitila tendría que estar haciendo cosas distintas de las que hacía al bajar del micro: usando el sistema de salud sin miedo, sosteniendo un trabajo, moviéndose por la ciudad sin perderse, participando de a poco en la vida del barrio. Esos cambios en las prácticas, en lo que la gente efectivamente hace, son lo que llaman efectos finales. No son promesas ni buenos deseos: son conductas que, idealmente, deberían poder observarse cuando el proyecto esté terminando.
Y un paso más atrás todavía. Para que Domitila hiciera esas cosas, antes tendrían que haber cambiado otras, más íntimas: conocer sus derechos, saber a qué puerta golpear, perder el miedo a un trámite, empezar a leer los códigos de una ciudad que al principio se parece a un idioma extranjero. Esos primeros brotes —cambios en lo que se sabe, se cree y se siente— son los efectos inmediatos. Son frágiles, y son decisivos: si no ocurren, todo lo demás se cae.
Recién al final de ese razonamiento hacia atrás aparecieron, humildemente, las actividades del proyecto. Lo único que de verdad estaba en manos del equipo: los productos terminales, los bienes y servicios que iban a poner al alcance de Domitila. El taller de orientación, el acompañamiento para regularizar los papeles, el puente con algunos empleadores, los encuentros con vecinos del barrio.
Andrés podría haberse quedado tranquilo con esa cadena bien armada, prolija, de arriba abajo. Pero faltaba la columna que la planilla no mostraba. La columna invisible.
Porque toda esa secuencia —del folleto al arraigo— descansaba, sin que nadie lo dijera en voz alta, sobre un montón de cosas que debían permanecer en pie y que el equipo no controlaba. Que los empleadores de Ciudad Aurora siguieran queriendo contratar. Que la oficina donde se tramitan los documentos no colapsara ni cambiara sus reglas de un día para el otro. Que el barrio que recibía a Domitila no endureciera su mirada. Que el alquiler siguiera, apenas, dentro de lo posible. Que la economía de la ciudad no se diera vuelta. A eso se refieren los supuestos críticos: los pactos tácitos que hacemos con el entorno, casi siempre sin darnos cuenta de que los estamos haciendo.
Y ahí está, quizá, lo más difícil del oficio. No en diseñar la cadena, que con método se aprende, sino en atreverse a nombrar esos supuestos y a preguntarse cuáles de ellos podrían tambalear. Porque una iniciativa para promover el desarrollo se parece menos a un plano de ingeniería y más a un experimento: una serie de conjeturas que sólo la realidad, con el tiempo, se encarga de confirmar o desmentir.
Aquel invierno, el primero de Domitila en la ciudad, uno de esos supuestos se movió. No hace falta el detalle; digamos que el ánimo de Ciudad Aurora hacia los que llegaban se enfrió, y con él se enfriaron también algunas puertas que el programa había ayudado a entreabrir. Domitila tenía sus papeles, había hecho los talleres, sabía moverse. Había cruzado, una a una, casi todas las casillas de la cadena. Y sin embargo, por un tiempo, el trabajo no apareció. A Andrés le costó aceptarlo, pero no habían hecho mal las cosas: simplemente, un supuesto que daban por descontado dejó de sostenerse. La hipótesis, en esa parte, no se cumplió.
Esa temporada le enseñó a Andrés algo que sospechaba pero no terminaba de asumir. A Domitila no le alcanzaba con un documento en la mano si la ciudad seguía viéndola como una intrusa; ni le alcanzaba con la más cálida de las bienvenidas si no tenía dónde vivir ni de qué trabajar. Lo que se toca y lo que se cree, lo material y lo que la gente valora, tiraban del mismo hilo. Las raíces, si es que iban a crecer, necesitaban las dos cosas a la vez. Quizás por eso conviene desconfiar un poco de las iniciativas que apuestan todo a una sola de ellas.
Nadie sabría decir, con la mano en el corazón, si el programa “funcionó”. La pregunta, así planteada, resulta cada vez menos útil. Valen más otras. ¿Era razonable la cadena que imaginaron? ¿Supieron ver, a tiempo, los supuestos de los que dependían? ¿Aprendieron algo cuando uno de ellos se rompió? Domitila, por cierto, encontró trabajo unos meses después, aunque no por la puerta que le habían preparado, sino por otra que ella misma abrió. También eso, supone Andrés, dice algo sobre los límites de lo que creemos controlar.
Así que, si estás pensando en una iniciativa propia, quedan las dos preguntas que a Andrés lo ordenan más que cualquier planilla. ¿Cuál es, en serio, la cadena de cambios que estás suponiendo entre lo que vas a hacer y la vida que querés ayudar a transformar? Y, sobre todo: ¿qué estás dando por sentado, en ese entorno que no controlás, sin siquiera haberlo puesto en palabras? Buena parte de lo que llamamos desarrollo se juega, callada, en esa columna invisible.
Ciudad Aurora, Domitila y el Programa Echar Raíces son ficticios; las preguntas, no.
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Imagen: Antonio Berni, «La gran tentación» (1962) · Colección MALBA, Buenos Aires. https://coleccion.malba.org.ar/en/la-gran-tentacion/
Juanito Laguna, recién llegado al borde de la gran ciudad, contempla el cartel que le promete otra vida. Entre esa promesa y su realidad se tiende toda una cadena causal —y una columna invisible de supuestos que nadie escribió— de la que depende que la tentación llegue a cumplirse.
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