Escribir el cambio en pasado

Al diseñar una iniciativa conviene redactar el cambio buscado como si ya se hubiera producido. Por ejemplo, en un proyecto que fortalezca las competencias laborales de mujeres en situación de vulnerabilidad social, decir: «las mujeres acceden a un empleo formal y lo sostienen». Esa forma de redactar es el punto de partida de los sistemas de monitoreo y evaluación gerencial, y de él se deriva la importancia de saber cómo va el viaje.
Dos hojas del Atlas catalán (1375) con el Mediterráneo oriental y el norte de África, cruzadas por la red de rumbos y con ciudades, banderas y figuras
Una carta portulana no muestra el viaje, sino el puerto al que se quiere llegar, los vientos que pueden ayudar y los bajíos que conviene evitar. El piloto la despliega antes de zarpar para ponerse de acuerdo con la tripulación sobre el destino y sobre lo que podría desviarlos. Pero ninguna carta dice dónde está el barco en un momento dado ni si avanza a buen ritmo. Para eso hace falta otra clase de instrumento, y otra clase de pregunta.
Imagen: Atlas catalán (1375), atribuido a Abraham Cresques, Biblioteca Nacional de Francia.

Una pizarra y una pregunta

Hace un tiempo participé en el diseño de una hoja de ruta para la inclusión laboral de personas que viven en barrios populares de la Ciudad de Buenos Aires. El diagnóstico llevaba a un cambio de acento: la dificultad parecía residir menos en la cantidad de puestos disponibles en la economía local, que en la distancia entre las habilidades que estas posiciones laborales demandaban y las que poseían quienes buscaban empleo. Entre los grupos a los que esa distancia afectaba más figuraban las mujeres en situación de vulnerabilidad social, que no lograban sumarse al mercado laboral. No todas enfrentaban las mismas barreras: para unas pesaba la baja calificación; para otras, la informalidad; y para muchas, una carga de cuidado que recae sobre ellas en buena medida por mandatos de género y no por elección propia.

Recuerdo una vez en que el equipo trabajaba sobre una pizarra el primer eslabón de lo que llamamos una cadena causal, es decir, la secuencia que va de lo que una iniciativa hace a los cambios que espera producir. Alguien propuso escribir «capacitar a las mujeres». Otra persona preguntó qué habría cambiado una vez que estuvieran capacitadas. La conversación que siguió terminó en una frase distinta: «Las mujeres de los barrios populares acceden a puestos de trabajo formales y se sostienen en ellos». La frase no decía qué íbamos a hacer. Decía cómo sería la situación si lo que hacíamos funcionaba.

Por qué redactar los resultados esperados en pasado

Redactar los resultados esperados como situaciones ya logradas no es una cuestión de estilo. Tiene dos propósitos: ayuda a visualizar el cambio buscado y permite que quienes participan del diseño se pongan de acuerdo sobre cuál es. «Capacitar» es una actividad que se cumple con solo realizarla, aunque nadie consiga un empleo. «Accede a un puesto formal y se sostiene en él» obliga a pensar en lo que ocurre después de la capacitación, y a discutir si de verdad era eso lo que íbamos a perseguir.

La misma exigencia vale para los supuestos críticos, que son las condiciones externas a la iniciativa que tienen que darse para que cada eslabón conduzca al siguiente. Escritos también como situaciones logradas, dejan de ser un acto de fe y se vuelven algo que un equipo puede discutir y vigilar.

Lo que las experiencias en la Región nos obligan a considerar

Cuando miramos qué muestran las evaluaciones de iniciativas de la región, la cadena resultaba bastante más exigente que la de un curso con certificado. En Colombia, Jóvenes en Acción combinó tres meses de aula, con habilidades blandas, y tres de práctica en una empresa. La evaluación con asignación aleatoria encontró que, a corto plazo, las mujeres ganaron 19,6 % más y que en los varones no hubo efecto (J-PAL, s. f.). Ya con ese solo dato, «la población destinataria» deja de ser un sujeto único: lo que significa haber logrado el cambio puede no ser lo mismo para las mujeres que para los varones.

En Perú, ProJoven alentó a las mujeres a ingresar en oficios tradicionalmente ocupados por varones y subsidió a las madres. Una evaluación no experimental estimó, a los dieciocho meses, un aumento del empleo de las mujeres de 15 % y una reducción de 30 % en la segregación ocupacional, con un componente de género que costó 1,5 % del presupuesto (Ñopo et al., 2008). Aquí el resultado también aparece formulado sobre algo más que el empleo: sobre el tipo de empleo al que acceden.

Las condiciones que hay que escribir como supuestos críticos asoman en otras experiencias. En Chile, el Bono al Trabajo de la Mujer, un subsidio al empleo formal, mejoró la probabilidad de tener un empleo formal (medida por quienes aportaban a la seguridad social) solo en quienes cobraron al menos la mitad de los pagos (SENCE, 2022), lo que sugiere que el cambio depende de que ellas sostengan el vínculo con el trabajo. El programa 4 a 7, tres horas de cuidado extraescolar, aumentó la participación laboral de las mujeres y mucho más la de las madres sin empleo previo con hijos pequeños (J-PAL, s. f.), de modo que quizá el cuidado no sea un servicio accesorio sino una condición. Y en Jordania los vales de empleo elevaron la probabilidad de trabajar mientras duraron, y el efecto se terminó al vencer (Banco Mundial, 2016).

Escritas como situaciones logradas, esas condiciones suenan así: «Las mujeres cuentan con quien cuide a sus hijos durante la formación y la jornada», «Las mujeres conservan el apoyo mientras consolidan su permanencia en el empleo». Si no son actividades de la iniciativa, deben estar presentes para que lo demás tenga sentido.

Conviene, además, nombrar la barrera y no solo a quien la enfrenta. Decir «mujeres en situación de vulnerabilidad» describe una situación sin decir ante qué: la baja calificación, la carga de cuidado y la informalidad demandan respuestas distintas y se escriben como supuestos distintos. En otros territorios, sobre todo donde los puestos quedan lejos de donde viven las mujeres, se suma la distancia, que en la Ciudad de Buenos Aires no suele ser una barrera. Y una parte de esa situación, como el cuidado, no proviene de las mujeres sino de los mandatos de género que les asignan esas tareas, de modo que una iniciativa no debería tratarla como un déficit personal que se corrige con capacitación.

Saber adónde vamos no dice cómo vamos

Todo lo anterior sirve para ponerse de acuerdo sobre el destino. No sirve, en cambio, para saber cómo va el viaje. Si cuando la iniciativa ya está en marcha alguien toma esa frase y la convierte en pregunta, «¿Las mujeres acceden a puestos formales y se sostienen en ellos?», la respuesta durante meses será «todavía no», y una respuesta que no cambia no orienta ninguna decisión. El enunciado logrado describe el punto de llegada. Para saber si se está llegando hace falta otra clase de pregunta, la que formulan los sistemas de monitoreo y evaluación gerencial para saber cómo va el viaje, y de eso trata el artículo siguiente de esta serie.

En el curso-taller Proceso Gerencial de Monitoreo y Evaluación, con certificación del BID, trabajo con quienes participan en la manera de redactar esos enunciados y de pasar luego desde ellos a preguntas útiles para quien gestiona.

Quizá la pregunta de fondo no sea adónde queremos llegar, sino cómo nos enteraremos, en el camino, de que vamos en la dirección correcta.

Referencias


Descubre más desde Gestión del Desarrollo

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta